El quesillo llegó esa mañana y el olor de las pupusas habían llenado el gélido aire. Las mamás me hablaban en español y sus hijos me hablaban en perfecto inglés. Los salvadoreños con sus gorras de esquiar y abrigos puestos entraban y salían de la cocina, siempre saludándome con la mano y mirándome a los ojos. Era como si Long Island y Chalatenango se hubiesen fusionado en aquella bulliciosa casa.

Estaba sentado tomándome un café mientras las mamás echaban las pupusas. Los temas fluían rápidamente, tan rápido como los podía seguir. Hablaban de comida, de medicinas a base de hierbas, de la policía racista….

Una de las mamás me contó cómo fue que su esposo dejó El Salvador para ir a trabajar a Estados Unidos. Después de eso, me narró cómo ella fue agredida violentamente por un grupo de hombres. Su hija presenció el ataque. Cuando ya se había recuperado en el hospital, ella y su hija se fueron de El Salvador guiadas por un coyote – un guía que lleva a los migrantes a través de México con rumbo a Estados Unidos. Esa mamá tenía una mirada firme y una actitud de cero disparates. Le pregunté si podía grabar su historia.

“Yo me vine con un coyote. Problemas no tuve con eso…El problema es cuando uno cae con migración. En Manhattan me pusieron el grillete.”

Llegó a Estados Unidos como “inmigrante ilegal” e inmediatamente se reportó ante el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos para abogar por su caso. Fue puesta en detención junto con su hija y luego se le colocó un monitor de tobillo – del mismo tipo de monitor que se le coloca a una persona que está bajo arresto domiciliar.

“La primera vez que yo fui allá me lo pusieron. Cuando yo entré a migración me dijeron que me quitara la cinta de los zapatos, y a la niña le quitó las colitas que yo le había puesto. Le quitaron la cinta de los zapatos de ella también y ella me preguntaba “¿mamá?”

Y ella lloraba…me decía “yo quiero estar con mi papá” y yo le decía “ya vamos a salir…”

“Ahí es como una…como cárcel pero… es diferente porque es como una hielera que lo meten a uno. …nada de cobija, con un papel de aluminio…eso le dan para arropar a uno…ahí no se baña, no se cepilla…desde el día que yo me entregué a migración yo lloraba…porque ahí no hay ventana así, ahí no se sabe si es en el día, si es en la noche. Yo dormí en el puro suelo…con mi niña en el pecho y así recostada… porque no quería que ella sufriera lo que estaba sufriendo porque era muy duro esa cosa.”

Calladitamente, su hija jugaba con una muñeca en una esquina de la cocina. Me pregunté si era bueno que su hija estuviera escuchando este relato, pero luego recordé que su hija de apenas cinco años, lo había vivido. Su mamá hablaba con tanta fluidez que parecía ‘agua hirviendo.’

“Cuando yo me entregué a migración me dijo un hombre repugnante, me dijo “¿tú crees que venís para un hogar, para un lugar bonito?” “No” le dije yo, “yo no sé, porque es primera vez que yo voy para este país …” Entonces me dijo “mucha gente piensa que aquí es un lugar de lujo”. Yo le dije “a mí lo que me interesa es estar con mi esposo-no en este lugar, porque aquí lo tratan a uno como una basura y uno se viene para este país para prosperar, no para venirse aquí.”

Todititas las mujeres que íbamos, a todas les pusieron grillete … así es el bolado donde le meten la batería de ese grillete, y el brazalete que tiene el grillete así es de grueso y es de puro hule… a mí me estaba quemando eso.”

Le pregunté si se sentía estigmatizada por estar usando un monitor de tobillo.

“…no le dan trabajo a uno por el grillete… piensan que uno es asesino, por eso no le dan trabajo a uno…”

A través de la ventana, brillaba un débil rayo de luz otoñal. El cielo estaba gris y sentía frío en mis huesos. Le pregunté qué le podía decir a la gente en El Salvador. Esa fue la primera vez que ella sonrió.

“El Salvador es lindo, Dulce Nombre es bien bonito, la montaña es bonita…El aire de los palos de pino, las hamacas que le dan a uno para descansar debajo de los árboles…”

Yo había descansado en una hamaca bajo los árboles de pino que ella mencionaba. Ese recuerdo me hizo sonreír.

“Mire, yo lo único que les digo es, porque varias gentes se quieren venir para este país…este país no… no es como lo que uno se imagina… porque cuando yo vine aquí yo estaba equivocada con este país…este país no es tan fácil. No es una gran barbaridad que le pagan a uno cuando uno trabaja verdad porque es verdad, en este país se gana bien, pero así como se gana así lo maltratan a uno también.”

Su pequeña hija de 5 años llegó hasta donde estaba sentado. Es una pequeña niña frágil de grandes ojos y cabello negro. Estaba agarrándose los dedos como suelen hacer los niños. En una pequeña vocecita, me dijo que “todo lo que le dijo mi mami es cierto”.

Yo dije “sí” con mi cabeza.

Esa pequeña niña respiraba profundo como que estaba por sumergirse en el agua y con esa respiración me contó que vio cuando su mamá había sido agredida en El Salvador y que luego ellas viajaron a través de México con un coyote y que su papá trabaja y que su mamá estuvo en una prisión de migración, y además, que la gente de migración le colocó un grillete. Esa fue la introducción de una niña de parvularia, a la vida en los Estados Unidos de América.

…continúo mirándome fijamente y volvió a repetir, “todo lo que dijo mi mami es cierto”.