Ella quiere ser la primera mujer presidente de El Salvador: una entrevista con Karla Castillo

Conocí a Karla Castillo en San Salvador cuando era una asistente de investigación que trabajaba en un estudio sobre la migración de jóvenes salvadoreños en 2014. Desde entonces, Karla ganó una beca del programa Fulbright para estudiar en la Universidad de Cornell en los Estados Unidos. Yo sabía muy poco sobre Karla cuando la conocí en 2014, aparte del hecho de que ella tenía una perspectiva muy informada sobre los muchos jóvenes salvadoreños que estaban siendo deportados desde México hacia El Salvador. Comenzaré esta entrevista aquí, porque también es donde Karla localiza sus intereses académicos.

Mike: Cuéntame más sobre cómo fue para ti entrevistar a jóvenes que acababan de ser deportados a El Salvador.

Karla: En 2014, como parte del trabajo de la investigadora Elizabeth Kennedy, entrevisté a más de 300 niños, niñas y adolescentes salvadoreños, o a sus familias, que habían sido deportados desde México, hacia El Salvador. Habían intentado emigrar o huir hacia Estados Unidos. Documentar esas 300 historias fue una experiencia cargada de impotencia. Escuchaba las historias de quienes tenían que abandonar sus comunidades para huir de la pobreza, la violencia y la exclusión, pero no tenía los conocimientos ni los recursos suficientes para apoyarlos. Realizaba las entrevistas en el Centro de Retorno, ubicado en Soyapango, San Salvador. Procuré mantener una distancia entre mi trabajo académico y mis emociones, pero muchos días salía del Centro de Retorno, abordaba el transporte público y comenzaba a llorar. Me comprometí a diseñar mi plan de vida entorno a la construcción de soluciones para las personas más vulnerables en El Salvador.

Había algunas situaciones que me marcaron mucho más. Por ejemplo, cuando entrevistaba a jóvenes madres de mi misma edad (para entonces, yo tenía 22 años) o aun menores que yo, pero que parecían unos 5 o diez años mayores. Yo me cuestionaba cómo dos personas con tantas similitudes como la edad, el género, la nacionalidad, y en teoría, derechos, podíamos tener destinos tan diferentes.

Por otro lado, también me encontré una paradoja: Migrar sin documentos puede ser uno de los viajes mas riesgosos para cualquier persona, especialmente para mujeres, adolescentes y niños. Sin embargo, para la mayoría de los migrantes es una oportunidad para salir de la pobreza o la violencia en la que han vivido durante muchos años. Es decir, la migración no es percibida como un hecho lamentable, sino como una decisión más de supervivencia que estas personas toman diariamente dada la exclusion, la pobreza y la violencia.

Mike: Sociólogos y antropólogos han estado hablando mucho sobre el concepto de la violencia estructural, y como se aplica a los migrantes. La violencia estructural se refiere a la organización política y económica de la sociedad que, sobre el largo plazo, impone angustia emocional y física a nivel individual, y está arraigada en relaciones desiguales y jerárquicas. Investigaciones recientes muestran que la violencia estructural está operando cuando los salvadoreños intentan cruzar la frontera suroeste de los Estados Unidos, particularmente el desierto de Sonora. Tienes alguna experiencia directa trabajando en el desierto de Sonora, ¿verdad?

Karla: En 2012, recibí una beca del Departamento de Estado de Estados Unidos para estudiar durante cinco semanas en Estados Unidos. Como parte del programa, viajamos a Arizona y visitamos el Desierto de Sonora para realizar una jornada de voluntariado con la organizacion Fronteras Compasivas. Colocamos barriles de agua y suplementos de comida empacada en algunos puntos de possible transito de migrantes y solicitantes de asilo que cruzaban el desierto. Posteriormente, conocimos el muro que separa Mexico y Estados Unidos.

Era la primera vez que me daba cuenta del verdadero riesgo que implica cruzar el desierto. Los altos niveles de calor, la falta de agua y comida, la dificultad de orientarse en el desierto son algunos de los riesgos naturales que los migrantes y solicitantes de asilo enfrentan. Además de los riesgos naturales, factores como el muro fronterizo, la vigilanzancia fronteriza y el crimen organizado exigen un mayor esfuerzo físico a las personas en transito. La combinación de ambos factores incrementa enormente su vulnerabilidad y el riesgo de morir en el desierto. De acuerdo a datos del U.S Border Patrol, en los últimos 20 años han muerto al menos 7,209 personas que han tratado de cruzar la frontera sur sin documentos. Este número podría ser aún más alto, dadas las muertes perdidas en algún punto del desierto.

Estas personas salen de sus países por las condiciones de exclusión sistemática en la que han vivido durante años. Buscan las oportunidades laborales, el acceso a la educación, el acceso a derechos y a seguridad que el sistema económico y social les ha negado. Las Caravanas de Centroamericanos que se formaron a finales de octubre del 2018 son una muestra de ello. Viajan personas pobres, que no han tenido acceso a educación de calidad y que han sido privados de concidiones de vida dignas. Luego de años de vivir en la exclusión en sus propios países, se organizaron, se aliaron y salieron. No viajan ricos, ni clase media. Salen centroamericanos pobres, porque usualmente son ellos los más expuestos a la violencia en el país.

Entiendo que sus experiencias de investigación personales han inspirado su trabajo actual de Fulbright. ¿Puedes decirme más sobre tu beca Fulbright y lo que estás estudiando en Cornell?

Karla: Actualmente, estoy estudiando el máster en Administración Pública, con una concentración en Derechos Humanos, en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos. Para prevenir la migración es necesario tener una administración pública ética, comprometida e inclusiva. Por años, en nuestro país se han priorizado políticas extractivas para generar crecimiento económico. En Cornell estoy adquiriendo habilidades sobre cómo administrar un aparáto público, pero con un énfasis en la justicia social y el restpeto a los derechos humanos.

Cuando regrese a El Salvador, entiendo que tiene grandes planes, tanto personalmente como para El Salvador. ¿Me puede decir más sobre eso?

Karla: Las nuevas generaciones no podemos seguir siendo expectadores de los malos liderazgos de nuestro país. Tenemos que alzar la voz y ser participes de la solución. Al regresar al El Salvador pretendo involucrarme en la política. Sé que es una responsabilidad enorme, y es por tal motivo que desde hace años he contruído mi plan de vida hacia ese propósito. Tengo el sueño de ser la primer presidenta mujer en nuestro país. Decirlo puede ser muy lejano e imposible. Sin embargo, he analizado que si una persona que quiere un alto cargo solo para enriquecerse a sí mismo no vacila en decirlo, entonces quienes tenemos una voluntad sincera de servir a nuestro países tenemos que ser valientes y tomar estas posiciones. Así que sí, mi meta más grande, y loca, en la vida es competir por la presidencia de mi país.

¿Qué tipo de cambios espera ver en El Salvador en los próximos 30 años?

Karla: En los próximos 30 años, me gustaría ver una generación de servidores públicos sensibles a las problemáticas sociales y al respeto de los derechos humanos. Espero que las brechas de género en el ámbito laboral y político se hayan reducido. También, esperaro que haya un avance en cuanto a la protección y garantía de derechos de la población LGBTI. Para todo lo anterior, espero una sociedad civil más crítica y participativa en temas de interés público.